
Cuando uno comienza a crecer, lo empieza a sentir dentro. Es cierto que, biológicamente podríamos decir, crecemos cada segundo. Pero el crecer, es aquel que se entiende a partir de cuando comenzamos a comprender que el tiempo pasa. Y extrañamos, añoramos y evocamos.
En las calles de Villa del Parque, se armó mi historia. Esas veredas me forjaron. Baldosa a baldosa, fui conociendo los secretos más profundos y asombrosos de la vida, y eso sin contar lo que me queda por descubrir. Profundos, porque solo en los barrios uno reconoce la esencia. Asombrosos, porque cuando uno es niño, es inocente, y todo le asombra, por más que algunos intolerantes insistan en imprimir en la infancia, la responsabilidad que les cabe de las herencias desastrosas que les dejan. Se entiende? Esas amarillentas imágenes, me dejan helado. El efecto fotográfico, hace que todos los días parezcan despejados, a puro sol. Se huele la tranquilidad. Y se rescata el aire compinche de esos pibes que éramos. Porque en ese entonces, éramos eso, compinches. Y nos defendíamos, de todo y contra todo: con la cuadra no se jode, y era así. Esos lazos duros pero a la vez flexibles, si se trataba del afecto. Solidaridad entendida por los pibes, decía algún grande de aquel tiempo. Y me doy cuenta, veinticinco años después, que la solidaridad así entendida, es la esencia del concepto. No creo que todo tiempo pasado fue mejor. Sí creo que mi tiempo de vereda y cuadra, se repite en todas las instancias de la vida.
Esta publicación se la dedico a todos los pibes de la Cuadra de la calle Argerich, entre Marcos Sastre y Santo Tomé. A los que están, a los que se fueron, y a los que andan por ahí.
Por alguna burla del destino, estuve durmiendo casi todo el fin de semana en otro barrio, Parque Patricios. Y la bronca encima, por estar en un Hospital, haciéndole el aguante a mi vieja. El Hospital Udaondo. Puta, decía, tener que dormir acá en el culo del mundo todo el fin de semana! Qué garronaso, para un Sociólogo, Músico, Escritor, que hoy vive en Belgrano, que se psicoanaliza y lee Barcelona. Y en esas noches largas de sala de espera, viviendo en carne propia las carencias que acostumbro a escuchar de bocas ajenas, empecé a marearme. Sueño, sed, embotamiento. Escaleras viejas, tipo caracol, arquitectura antigua, con algún sector modernizado. Y cuántas historias en esos pasillos, que se ubican a metros del Ex Penal de Caseros, del CENARESO, del Parque de los Patricios, de la cancha del Globo, del Hospital de Niños. Y otra vez, cuántas carencias, la puta madre. Y ante las carencias, la calle, el ingenio inagotable del que la sufre brava.
Por ejemplo, los muchachos de la calle que buscan a primera hora de la mañana, un poco de dignidad higiénica en los baños de McDonalds, luego de realizar una llamativa e inteligente puesta en escena en la zona de cajas: entran y se paran frente al flaco menú; miran con atención filosófica cada cartel, y en él, cada palabra en detalle. Luego de realizar una mueca que marca cierta indecisión, de a poco y ante la distracción, casi permanente del personal de seguridad del local, nuestros amigos suben sosegadamente la escalera que da hacia el pulcrísimo baño del restaurante.
Y ahí, la entrega al placer de contar aunque sea por un instante, con un poco de agua limpia y un escenario de reposo y pensamiento; hasta cuentan con la posibilidad de limpiarse con algún centro de página del "gran diario".
Y en el Hospital todos, y por la noche más. Cada uno, cual atiende su juego y ayuda al que puede. Reconociendo los esfuerzos propios y ajenos. Sonriendo, cuando la escena invita a llorar o a rabiar de furia. Gente. Compromiso, solidaridad, comprensión, deferencias. Mate, Agua, Coca, y cartas sobre asientos. Revistas prestadas. Chistes compartidos. Historias de uno y mil barrios, a través de sus más legítimos representantes. Lazos indisolubles, en la adversidad, sino dónde?
Y ahí renace en uno y en todos, el pibe de la cuadra; aquel que ayudó, y era ayudado. Pero sobre todo, aquel que defendía: a la cuadra y a los pibes.
Yo defiendo a todas las personas que me hicieron parte de su vida al menos por segundos, en este fin de semana bien jodido. Defiendo a todos los que se bancan las carencias, y las denuncian con énfasis; ese énfasis que hace temblar a esos timoratos que creen ser el país entero, como para decidir que es mejor dotarnos de métodos de represión bruta e indiscriminada, antes que invertir en salud y en educación.
Defiendo a todos aquellos que tienen la amabilidad, la cortesía y la grandeza de invitarme, en un momento difícil, a su cuadra, a la que llevan dentro.
Por más que estemos lejos. Por más que no pisemos esas veredas. El lazo de los que tenemos cuadra, está siempre desplegado, para que puedas aferrarte si es lo que necesitás. En el Barrio o en el Mundo. Para vos y para todos. Y sobre todo, ganándole cada vez más a la miseria sistemática y planificada por un núcleo bien preciso de cráneos pequeños, dotados de unas cuantas monedas mas que vos.
En el garaje de Juncadella, aprendí jugar al futbol, hice el curso de DT, me hice escritor y me comí una primer piña bien puesta: esa que me enseñó a aguantar todo lo que vino después.
A Martín, Keko, Gusta, Pablo B., Alejandro, Dani Cavallieri, Ale, Seba, Marcelo, Horacio, Willy, Dieguito, Mumi, Beto, Jorgito, Polo, Sopa, Chicho, y a todos los que pasaron por ahí…